Hay un motivo, unas gotas de lluvia un cigarro y un jazz para olvidar las nubes de un cielo que no es mío. El saxofón que trae recuerdos de comidas cubanas con palmeras y brisa, las plantas y las yerbas del trópico las risas de los niños que juegan con granizos que aquí no existen.
París, 1981.
MARISA TREJO SIRVENT
Video: Contigo en la distancia. Saxofón: Paquito D'Rivera.
Pienso en un tigre. Bajará a la ciudad a la hora en que abren los bares y se expande un intenso perfume humano. Anochece. Sediento se acodará en la barra y beberá unas copas con los ojos prendados del brillo siniestro y metálico, dúctil su lengua, aromado el local con un vaivén continuo de clientes. De fondo un blues elástico y el rugir endiablado de las máquinas tragaperras. Observa en silencio y remoja sus fauces.
Le delata la garra que esconde su camisa. Nadie diría, por su aspecto, que es un cruel asesino de la selva, sino un hombre sin prisas, indolente, incapaz de inventarse otra rutina. Cada viernes, tierno y solitario, cometerá un crimen sin más rastro que un poema olvidado sobre la barra.
Se vuelve gris el oro en putrefactos Tugurios de tu sombra. Soy aun el negrazo de huesos inmortales Que improvisa durísimas baladas: Con los húmeros llenos de pinchazos, Sigo siendo el mejor entre los saxos altos.
Se parece a la vida: otra vez Llevo a Art Blakey a la batería -voz de pozo-, la música callada Y negra de Bud Powell, el maligno Sonido de Miles Davis, tú al bajo. Formamos el quinteto Más brillante de Jazz entre los muertos.
Por las calles un ritmo de fantasmas Un mundo de siluetas
La noche es esta erguida pasión de los escombros
Se fue la luz Se perdió la ciudad Es otra dimensión la de su estar a ciegas Se mete en los pulmones la negrura (Hubo una vez la luna blanqueando la memoria).
2
El blues arrastra la mañana y las hojas Todo se ha caído de su sitio El día se salió de su dorado camarín y se hundió en la neblina
Llega el blues con sus pasos de jaguar a olisquear en mi cuerpo su próximo banquete.
3
Amanece Ha comenzado a arder el corazón del día
Tensa sus poderosos músculos Ruge con qué terrible fuerza Ventea la dirección de la desgracia y se echa a andar
Cenizas humeantes bajo su planta Olfatos de un amargo manjar
Lame el monstruo su desamor crimen tras crimen
Cada noche el sueño que la enjaula fortalece sus músculos Afila sus colmillos y sus garras
Cuando ya las miradas de todos se conocían vagamente, a través de las pupilas nubladas por el alcohol, de aquella música confusa, de la penumbra de aquel humo, del caos vino un silencio imperceptible, y una trompeta sola, de fuego, nos quemaba la vida.
O acaso era de hielo aquella música: inertes los sonidos, para que cada uno de nosotros los hiciese movibles, los llenase de espíritu. Por cada uno de los hombres la música cantaba diferente: con alegría estéril en la mujer que me miraba, con cansada tristeza en unos yertos labios, y en el muchacho solitario con profunda nostalgia de vejez; la música cantaba diferente, sin que nadie supiera cómo sonaba junta, con qué intenso dolor.
En aquel cuarto oscuro nada correspondía a la verdad del hombre: la emoción estridente del músico era falsa, torpe el engaño de los otros. La verdad es humilde y es sencilla. La soledad, al compartirla con otras soledades, hace más viva la impotencia. y empuja al hombre entonces a regiones heroicas con sólo el sentimiento.
Después cae un cansancio sobre el alma por esta lucha inútil, se resiente tanta falsa virtud, la mentida pureza; y cuando la trompeta, desmayada, se extingue en el silencio, sólo quedan visibles, descubiertos al fin, los más ocultos, los más tenaces vicios: se reconocen las miradas, y puede haber piedad, y hasta sentir alguno un tibio amor. La trompeta de fuego,muda sobre una mesa, la vemos amarilla, y está vieja y rayada.
Sobre esta cama donde se acostó el mar y se guardaron las cenizas de alejandría y las hormigas almacenaron las provisiones durante el verano del holocausto y la más despreciable hechicera escribió su recetario para exterminar el mal de amor en la mismísima cama donde la maja y las venus posaron donde juana la loca veló a felipe el hermosos por siete provincias donde el espíritu santo fecundó a maría aquí en la única cama traficada por fenicios que sirvió de mapa para barbarroja y fue alfombra mágica del príncipe ishtar en la auténtica cama donde parió la primera elefanta en cautiverio donde Charlie Parker tocó por última vez el saxofón y a una mujer al mismo tiempo y ,años antes, Jesús meditó su discurso del monte de los olivos es donde entiendo que cada cama es un país que no existe
[…] Pero después venía una guitarra incisiva que parecía anunciar el paso a otra cosa, y de pronto (Ronald los había prevenido alzando el dedo) una corneta se desgajó del resto y dejó caer las dos primeras notas del tema, apoyándose en ellas como en un trampolín. Bix dio el salto en pleno corazón, el claro dibujo se inscribió en el silencio con un lujo de zarpazo. Dos muertos se batían fraternalmente, ovillándose y desatendiéndose, Bix y Eddie Lang (que se llamaba Salvatore Massaro) jugaban con la pelota I’m coming, Virginia, y dónde estaría enterrado Bix, pensó Oliveira, y dónde Eddie Lang, a cuántas millas una de otra sus dos nadas que en una noche futura de París se batían guitarra contra corneta, gin contra mala suerte, el jazz.
—Se está bien aquí. Hace calor, está oscuro.
—Bix, qué loco formidable. Poné Jazz me Blues, viejo.
—La influencia de la técnica en el arte —dijo Ronald metiendo las manos en una pila de discos, mirando vagamente las etiquetas—. Estos tipos de antes del long play tenían menos de tres minutos para tocar. Ahora te viene un pajarraco como Stan Getz y se te planta veinticinco minutos delante del micrófono, puede soltarse a gusto, dar lo mejor que tiene. El pobre Bix se tenía que arreglar con un coro y gracias, apenas entraban en calor zas, se acabó. Lo que habrán rabiado cuando grababan discos.
—No tanto —dijo Perico—. Era como hacer sonetos en vez de odas, y eso que yo de esas pajolerías no entiendo nada. Vengo porque estoy cansado de leer en mi cuarto un estudio de Julián Marías que no termina nunca. [...]
Mientras que William Faulkner halla los agrios del lenguaje, hoza en Yoknapatawpha levantándola hirviéndola cuida la construcción feroz de una nueva novela y cuida su innegable talento epilepsíaco; mientras que William Faulkner irrumpe en el conflicto negro con un relincho ambiguo, ahíto de tradición, desprecio al Norte, discurso estéril e insensato orgullo, los negros, muchos negros, algunos negros, inflamados de la horrible historia del Mississippi, con la memoria chorreando por el sudor del algodón y varios siglos de negros abuelos retumbando a sus pies bajo el tiempo y la tierra, cantan, vense impelidos a seguir componiendo música entre paréntesis: negro spirituals.
Mucho de lo que vimos es vida entre paréntesis. Blancos segando arroz en Tarragona con el agua a los muslos, las sanguijuelas de los arrozales alimentándose de ellos. Periódicos occidentales informando de blancos muertos en el frente, o de hambre, o bajo un viejo caserón derruido. Blancos en paro. Blancos en exilio. Blancos dando betún sobre sus cartucheras. Blancos bebiendo el vino de la derrota disfrazada. Blancos buscando la propia estimación en los burdeles. Blancos meditativos, ingresando, amargura sobre amargura, en el cinismo, esa sublimación para los faltos de recursos.
Del Sena al Plata, del Támesis al Rin, un rumor blanco busca desperdicios y hurga en la realidad hostil y en su razón, dispersa e inarmónica de parietal a parietal. Siglos también de abuelos blancos entre jornadas de trabajo tensas, fruta difícil, carne retorcida, el barro insomne de las botas de los soldados, el capote de campaña, la emisora que menciona el Mississippi blanco, el blanco linchamiento con bala, la actividad enfebrecida del ginecólogo oficiando sobre el mantel que el tirón de la guerra arrojará en el suelo quebrando su momentáneo contenido; los tugurios en donde blancos desconcertados se pliegan y se venden, borrachos de vino y blancura injuriada, siglos también de abuelos blancos con sus ingenuos hospitales, su herencia pavorosa, sus bolsillos llenos de migas o sus sienes llameantes de lucidez o de torsión, hacen pensar en una música con paréntesis, con incisos, con bárbaros interrogantes, con desconcierto, con corcheas de ojos, mordentes de sarcasmo, calderones de confusión, accelerados de vasto gruñido: blanco spirituals (Tú lo sabes, James Baldwin: no es sólo tu color. Esa es la lenta trampa que quisieran hacer reinar. Tú lo sabes, James Baldwin: te necesitan negro para odiarte, para sobrevivir bajo su miedo mediante el odio. Pero, tú lo sabes, James Baldwin: también te necesitan desclasado, desocupado, disponible para usarte los brazos a bajo precio. *Extiendes tu mirada en los barrios de Europa, oteas los indios sudamericanos, te achicharras sobre la India, te sumes en las periferias de las ciudades industriales y ves hermanos de otras razas discriminados, repudiados en la otra piel del hombre: el sueldo, en la otra piel del hombre: la cultura, en la otra piel del hombre: la libertad. Tienes hermanos de otras razas, todo sudor es familiar, toda miseria lleva escupitajos en la piel.)
De Charlie Parker a Edith Piaf un diluvio de negro spirituals y de blanco spirituals llueve sobre la civilización; llueve piaf; llueve parker, llueven Manolo Caracol, Louis Armstrong empapa Discépolo, John Coltrane, Billie Holliday. Es un agua que se introduce por las fisuras de los Parlamentos, por las rendijas de los programas, por los agujeros de la ONU, empapada la estrategia, moja a la inmortalidad y la encoge, hincha las oscuras maderas de los ataúdes y congela todo el grandioso fuego de vivir. Llueve toda la tarde, llueve toda la noche: y tras la ventana en que repiquetea la lluvia ese diluvio es observado por un blanco o un negro mientras que suena un saxofón y llueve.
*( Entre 1915 y 1918 emigraron hacia las industrias del norte de los Estados Unidos medio millón de negros del Sur de los Estados Unidos. Para evitar la desbandada que tanto había jurado desear, el K.K.K. de los Estados Unidos desencadenó una campaña de terror. Tan pintoresca fraternidad dio como resultado setenta y siete negros linchados y catorce quemados en público once de ellos, vivos. (Ver Los viajeros de la libertad, pág.10. Edit. Fontanella Barcelona, 1963.)
Los sonidos oscuros que llenaban la noche serpenteaban sobre los cristales. Los hielos resolvían un problema geométrico, disolviéndose en llanto. El saxo se alargaba, inundando los sueños, en un sordo lamento vacilante. Se aguzaba la aguja de la herida trompeta, ahincándose en la carne. Y seguía, seguía, obsesionado y lento, el contrabajo. La sonrisa eran dientes grandes y desasidos, brillando en la tiniebla.
Paz Díez Taboada
La Imagen del día: Recordando este episodio poco apetecido por las cadenas de televisión, claro... más allá de elevarse con el Jazz piensa que el saxo sería una buena pipa para su Cannabis Sativa...el buen Homero...me alegro volver a encontrar este capitulo.
El sonido de Hampton sabe salir de su trombón. Cada vez que él libera una espesa corriente de miel Llena de luz y de música Suave y vertiginosa el mismo tiempo, Delicada y brillante en libre caída Por el encantado tobogán de las ideas Algo sucede en el corazón de las orquestas.
Quiero decir: Un milagro se desliza Desde sus más inocentes ademanes de viento Desde el mito gestual de su trombón de vara Hasta llegar a ser un ángel Que va posándose en los atriles de la banda Para encargarse de que la historia del hombre Tenga por fin un signo nuevo para enfrentar La muerte.
Slide ha demostrado sabiamente Que ha llegado el misterio de Jazz y la Poesía Que su trombón es instrumento que sopla un dios Que intenta en vano corregir el mundo Que su escritura es la cifra que resume Una historia de la imaginación del hombre negro Que cuando hace un solo suena una orquesta Que el Jazz es un sol que suena para todos.
Y aunque parezca demasiado Yo solo hablo de un hombre Elemental y sonriente como Hampton.